Jonathan Menkos

+ democracia + desarrollo + igualdad

Balada del consentimiento a este mundo, por Bertolt Brecht

La editorial Libros del Zorro Rojo lanzó en 2014 una versión de esta hermosa pieza de Bertolt Brecht (1898-1956) con ilustraciones de Henning Wagenbreth, dándole un toque visual excepcional. Brecht finalizó esta balada en 1932 antes de huir de la Alemania gobernada por el fascismo nazi y en ella asume la voz de una persona acomodada a lo que sucede en su entorno.

Dejo aquí el texto completo esperando que sea útil para ayudarnos a reflexionar sobre lo que como sociedad estamos consintiendo sin rechistar. Consentir nos hace cómplices.

1

No soy injusto, pero tampoco soy valiente

Hoy me enseñaron el mundo tal cual es

Me lo mostraron con un dedo ensangrentado

y yo me apresuré a decir que sí, que por mí estaba bien.

 

2

El palo sobre mi cabeza, los ojos bien abiertos,

noche y día el mundo entero vi,

vi que los carniceros, como carniceros sirven,

y a la pregunta: ¿Te alegra lo que ves? Yo dije: sí.

 

3

Desde ese día dije que sí a todo:

mejor cobarde que hombre muerto, me oí decir.

Y sólo por no caer en esas manos,

consentí en todo lo que no se puede consentir.

 

4

Vi al estanciero revender cereales,

y al pueblo hambriento aplaudir con humildad.

Rodeado de intelectuales dije en voz alta:

es algo caro, pero de buena calidad.

 

5

Vi a los empleadores allí: a uno de cada cinco

lo emplean, e incluso pagarían.

A los que me piden que interceda les digo:

hablen con ellos. Yo no sé de economía.

 

6

Vi a los militares planeando sus saqueos;

vi que por cobardía los dejan andar sueltos.

Sospenchando lo peor, les cedí el paso

y grité: ¡Bravo! Para éstos, la técnica no tiene secretos.

 

7

Vi a los diputados que a sus hambrientos votantes

juran que ellos todo lo cambiarán.

No mienten, digo, son grandes oradores,

pasa que los supera la realidad.

 

8

Vi a los burócratas enmohecidos

mantener funcionando el superinodoro,

mal pagados, por presionar y patear entre quejidos.

Para ellos pido más sueldo y más decoro.

 

9

No quiero olvidar a los agentes del orden

bastión insobornable de la honestidad.

Les alcanzo la toalla llena de sangre

con tal de que me defiendan mi seguridad.

 

10

Veo a los jueces, patrones de las leyes,

encubrir evidencias con el mayor cinismo.

Salvar la propiedad, las amistades.

Si fuera juez, sin ofender, haría lo mismo.

 

11

Y digo: esos señores son incorruptibles.

No hay importe que los pueda tentar.

Cuidar las leyes y dictar sentencia. ¿No es

suficiente incorruptibilidad?

 

12

Allí a pocos metros, veo unos delincuentes

golpeando a un anciano, a una mujer y a un niño;

veo también que sus palos son de goma…

Y me doy cuenta que no son bandidos.

 

13

La policía que combate la pobreza,

para que la miseria detenga su invasión,

tiene trabajo a manos llenas. Mi última camisa

es para ellos que salvan del ladrón.

 

14

Así demuestro que no tengo agravios,

y espero que aprecien mi transparencia,

más aún si me identifico

con los que han sido calumniados por la prensa.

 

15

Para los periodistas: la sangre de sus víctimas

suele hacerles de tinta: “Los asesinos no lo hicieron”.

Yo ayudo a distribuir las hojas aún mojadas,

y afirmo: buen estilo, tienen que leerlo.

 

16

El poeta nos envía su Montaña Mágica para la lectura.

¡Lo que él (por dinero) allí dice, lo dice con razón!

¡Lo que él (gratuitamente) calla, podría ser la verdad!

Yo digo: no confundir ceguera con mala intención.

 

17

Un comerciante convenciendo a los que pasan:

“soy yo el que huele mal, no mi pescado.” Pienso:

ese no come su pescado podrido. A lo mejor tengo suerte

y me vende en el mercado. Por las dudas lo cuido.

 

18

La piel medio comida por las infecciones,

un viejo compra a una jovencita con plata robada.

Le doy la mano (con cuidado), con mis congratulaciones,

agradeciéndole que ayude a la muchacha.

 

19

A los médicos, que a los pacientes pobres

como pescado chico devuelven a las aguas,

no dejo por eso de pedirles turno, y sobre

sus camillas me tiendo y encomiendo el alma.

 

20

A los ingenieros creadores de las cintas sin fin

que al desgraciado obrero quita toda energía,

les canto loas por su técnico perfil,

el triunfo del espíritu me exalta de alegría.

 

21

Vi a los maestros, pobres represores,

formar niños a su imagen y semejanza.

Del Estado cobran sus remuneraciones.

No retarlos. Ni para morirse de hambre les alcanza.

 

22

Y veo chicos de catorce años,

del tamaño de seis y que hablan como ancianos.

Y digo: así nomás. Y a la muda pregunta:

¿Por qué? Contesto: No sé. ¿No es humano?

 

23

Los profesores, que con bellas palabras

justifican lo que su mandatario hace,

hablan de crisis financiera en vez de crímenes.

No son peores que lo que puede imaginarse.

 

24

A la ciencia que multiplica nuestro conocimiento,

que a su vez hace crecer nuestra miseria,

la ensalzan como a una religión, que en su momento

estimula nuestra ignorancia, que también se revela.

 

25

No quiero hablar de más. A los curas los siento mis amigos.

Las guerras y las matanzas no los cambian. En alto

sostienen la fe en el amor y la asistencia al vecino.

Nada de todo eso será echado en el olvido.

 

26

Vi a todo el mundo alabando a dios y al usurero.

Y escuché al hambre gritar: ¿dónde hay que pedir?

Y vi unos dedos gordos señalando hacia el cielo.

Y entonces dije: ¡vieron que hay algo allí!

 

27

Los gordos pelados, que hace ya un tiempo

bocetara George Grosz, están a punto

de degollar a la humanidad en un planeado intento.

Si es un plan ordenado, estoy con el asunto.

 

28

He visto a las víctimas y a los asesinos.

Sé distinguir entre coraje y compasión,

y frente a la valentía del asesino digo:

bien hecho, es una doble elección.

 

29

Veo venir las formaciones de matarifes,

quiero gritarles ¡Alto! Pero también veo que

estoy rodeado de un montón de guardias,

y grito lo que gritan todos: ¡HEIL!

 

30

Como detesto bajezas y necesidades

mi arte no tiene aprobación en este tiempo.

Porque a la mugre de vuestro mundo de maldades

le hace falta ―lo sé― mi consentimiento.

Si le gustó esta balada, no deje de leer “Odio a los indiferentes“, de Antonio Gramsci.

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Un comentario el “Balada del consentimiento a este mundo, por Bertolt Brecht

  1. Pingback: Decálogo para matar una débil democracia | Jonathan Menkos

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Esta entrada fue publicada en 30 noviembre, 2018 por en Democracia, La idea del viernes, Sin categoría y etiquetada con , , , .

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