Jonathan Menkos

+ democracia + desarrollo + igualdad

Neoliberalismo

En 1928, John M. Keynes, ofreció una charla (Las posibilidades económicas de nuestros nietos) en la que discutió cómo imaginaba, según su conocimiento, que sería la vida en los siguientes cien años. Keynes sostenía en este trabajo que «el problema económico no es —si miramos hacia el futuro— el problema permanente del género humano. «[…] Todas las clases de costumbres sociales y prácticas económicas que afectan a la distribución de la riqueza y de las recompensas y sanciones económicas, que ahora mantenemos a toda costa por muy desagradables e injustas que puedan ser en sí mismas porque son terriblemente útiles para promover la acumulación del capital, serán desechadas por fin». Keynes daba un sentido de gradualidad al paso de una sociedad en la que abundaba la codicia, la usura y la cautela, hacia una en la que los problemas  económicos se fueran eliminando progresivamente.

Cabe ahora la pregunta de qué está saliendo mal en el camino hacia una sociedad con un mayor bienestar generalizado, más democracia y derechos mejor garantizados. A lo largo del tiempo se han cumplido muchos de los vaticinios de Keynes: aumento de la productividad, mayor acervo de conocimiento y tecnologías y más capital. Sin embargo, a Keynes le fue imposible prever que en el camino ha sucedido una gran desconexión entre la economía y las personas, lo que ha provocado el incremento de la desigualdad.

A partir de los años setenta del siglo pasado, los promotores del libre mercado se encargaron —como bien apuntó el economista John K. Galbraith— de «la búsqueda de una justificación moral para el egoísmo», construyendo una  narrativa mediática sobre lo bueno del neoliberalismo y de los efectos de la teoría del derrame, si bien es cierto en las revistas económicas más especializadas no se encuentran discusiones robustas sobre esta teoría. El neoliberalismo, como instrumento de política del Estado, ha impulsado el desmantelamiento de las ayudas sociales y de los sindicatos, mientras nos habla de competitividad. Ha eliminado la progresividad de los impuestos, mientras ha estimulado la actividad sin trabas del capital.  Incluso ha logrado organizar desde el Estado la propia retirada de este. De ahí las ideas de focalización y asistencia a los más vulnerables, en cuanto a la educación, la salud o la protección social, en contraposición con la concepción de universalidad de los bienes públicos.  El neoliberalismo ha estado arrebatando la certidumbre a los trabajadores, a la gran mayoría de nosotros, y un pueblo sin esperanza es incapaz de luchar por la democracia.

Hoy encontramos voces importantes levantándose en contra del neoliberalismo. Warren Buffet, el segundo hombre más rico del mundo, el senador Bernie Sanders, el político más popular de Estados Unidos, y el propio papa Francisco no solo se oponen a la fe ciega en el mercado y en la bondad de quienes detentan el poder económico, sino que coinciden en que es tiempo de buscar más justicia. Pero los esfuerzos por avanzar hacia una economía menos desigual no están ganando la batalla. Los continuados planes de reducción de la administración pública, los intentos por impulsar nuevos privilegios fiscales y los planes de «consolidación fiscal», son ejemplos del refuerzo de políticas neoliberales.

Es  indispensable plantear cambios en la política económica y fiscal, y reformas para lograr un piso de protección social que garantice la reproducción de relaciones sociales que potencien la democracia. Las personas que exigen la protección de sus derechos son la única energía que le queda a la civilización para oponerse a un neoliberalismo asesino y predador.


Una versión de esta columna de opinión fue publicada por Prensa Libre en su edición del martes 21NOV2017.

Imagen tomada de: https://commons.wikimedia.org.

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