Jonathan Menkos

+ democracia + desarrollo + igualdad

La ciudad del futuro

Este cuento forma parte del tríptico “La ciudad del futuro”, del libro de cuentos, Sexta Avenida (el que todavía estoy afinando en el taller). Por favor deje sus comentarios para saber si voy por buen camino.

A las 10:59 de la mañana, como todos los días, el metro que transita desde la zona 21 al Hipódromo del Norte se detiene en la parada ubicada entre la Calle de la Borrachera Santa y la Avenida de la Prosperidad ―que hasta antes de la toma del poder político por los fundamentalistas religiosos eran llamadas, respectivamente, Dieciocho Calle y Sexta Avenida—. Ramón, con los pesados noventa años que carga encima, parece que va a desmoronarse al intentar salir de uno de los vagones hacia la pista de hormigón frío y gris; pero el bastón en su mano derecha le brinda la confianza para dar el paso con más seguridad.

Mientras camina agradece a la vida que haya terminado la travesía de treinta minutos, porque ir sentado por tanto tiempo le provoca calambres en las piernas. Además, se siente feliz de estar medio sordo para evitar escuchar los monótonos cánticos y discursos religiosos que, por ley, ambientan el transporte público desde hace quince años.

Las enormes pantallas dentro de la estación, le vuelven a recordar que hoy es catorce de febrero del 2050, que es lunes, y que afuera está soleado aunque con una sensación térmica de catorce grados centígrados.

Al salir de la estación, toma el camino que le lleva por la Sexta Avenida hasta el Parque Central ―frente al Palacio Nacional―, que ha sido rebautizado con el nombre de Parque de las Alabanzas. A él le gustan más los nombres de antes, aun sabiendo que decirlos en voz alta significaría ganarse un castigo consistente en veinte chicotazos bien puestos y treinta puntos menos en su carné de crédito social —substituto del documento personal de identificación—, instrumento con un chip y GPS que es solicitado en cualquier gestión: compras, trámites en oficinas públicas, pago de impuestos, ingresos a edificios públicos y privados, donaciones en teletones y premios o castigos regulados por la Ley de Confianza Social. El viejo Ramón sabe que detrás de ese documento hay un algoritmo que avisa al ministerio de Gobernación sobre «comportamientos sospechosos», tales como faltar a la iglesia, comprar demasiada ropa vistosa, salirse con frecuencia de su ruta de trabajo o estudio, y transitar por las zonas en donde se adquiere ilegalmente productos tales como ron, cigarros y libros prohibidos, entre otros muchos.

Se toca el bolsillo derecho del abrigo, en el que lleva precisamente un libro prohibido y, además, una bolsita de plástico. Mientras palpa esa bolsa, mira para todos lados, esperando que nadie lo esté vigilando.

Da un par de pasos y contempla el cielo, que está despejado y azul. Un viento áspero y gélido le roza el rostro y le despeina la cabellera plateada. Se detiene, y parece un punto extraño en el flujo rápido de transeúntes, rebusca un poco en el bolsillo izquierdo del abrigo y finalmente saca su gorro de afelpada lana roja. Se lo pone despacio mientras observa un enorme mural —que cubre la pared de un edificio de seis niveles― con el rostro del Gran Pastor, término «cariñoso» con el que el pueblo se refiere al jefe de Estado y el eslogan que ha utilizado desde que fuera candidato a la presidencia hace ya tantos años: «¡Sanar la nación. Salvar a Guatemala!».

Los ojos de la imagen lo miran fijamente, lo persiguen y lo escudriñan, como todas las imágenes del Gran Pastor colocadas en los sitios públicos: calles, estaciones de transporte y vagones, bancos, oficinas de gobierno y hasta enfrente de los mingitorios de las casas de oración.

Comienza a caminar mucho más despacio que los demás y deteniéndose, cuando la memoria se lo reclama, como en el local que en su juventud albergaba una pizzería Al Macarone. Ahora es una tienda de ropa y zapatos con diseños muy sobrios y, para la moda actual, muy modernos: tonos negros y azules obscuros, sosos. Ramón recuerda el aroma que flotaba en esa calle, queso derretido, chile pimiento y jamón, y las porciones de pizza vendiéndose rápidamente, de una en una. Sonríe al recordar y casi puede saborear la masa suave, la salsa de tomate y el resto de ingredientes.

Apura el paso, tanto como puede, y al llegar a la esquina lo atrae el bullicio de una nueva construcción. El martilleo fuerte y constante le recuerda la mañana en la que los soldados, con paso de ganso, desfilaron por esta misma avenida y dieron un giro a la vida política del país, al apoyar los cambios institucionales que impulsó el actual «presidente»: la Corte de Constitucionalidad y el Tribunal Supremo Electoral fueron eliminados, al tiempo en que el Congreso de la República y la Corte Suprema de Justicia fueron reemplazados por el «Consejo de los Profetas», un grupo de allegados con poder militar y económico. Desde entonces, al ejército se le agregó el apellido «de Salvación», se acabaron las elecciones democráticas y una ola de represión terminó con la muerte de los partidos políticos, los sindicatos, la universidad pública, la academia. Se acabó la democracia, piensa Ramón, sin darse cuenta de que por las enormes bolsas de sus ojos ancianos se derraman algunas lágrimas. Pero no se nos acabó la esperanza, se dice para sus adentros mientras se enjuga el rostro. Recuerda entonces que nada en la vida política es para siempre, por más que haya un Estado diseñado para defender el statu quo.

Sigue caminando y en las siguientes cuadras se topa con un perro callejero ―de pelo amarillento, orejas y patas negras y fulgurantes ojos azabaches―, que le mueve la cola insistentemente. Más allá de las caricias que le hace en la cabeza y el lomo, no encuentra nada que le haga detenerse y recordar: una cafetería con olor a aceite refrito, un enorme local en el que se venden objetos religiosos, y una tienda del supermercado La bendición, con una enorme bocina que anuncia a todo pulmón que aquellos que compren el día de hoy serán «bendecidos» con un descuento especial y puntos extra en el carné de crédito social. En esas cuadras todo le parece abominable, demasiado adaptado a la lúgubre sociedad de ahora —exageradamente lejos de la Sexta Avenida que caminó tanto—, muy acorde a la actual Avenida de la Prosperidad.

Ramón no advierte que mientras se cambia de acera para evitar pasar frente al supermercado, va haciendo gestos de asco y repulsión. «¿Qué te pasa, viejo odioso, no te gustan las ofertas que ofrecemos? ¿Eres ateo o de esos cristianos que no tienen fe, que están bajo la fuerza del maligno? ¡Te voy a denunciar, oíste!», le grita un joven empleado que resguarda la entrada de la tienda. El anciano toca nuevamente la bolsita de plástico y, sin responderle, intenta avanzar más rápido.

Se detiene cuando llega a la esquina en donde observa, sin mayores alteraciones, la fisonomía art deco del Teatro Lux, que en los años ochenta del siglo pasado se transformó en cines y más tarde, en los primeros quince años de este siglo XXI, en un centro cultural, administrado por la cooperación española. Ahora es un call center de Club 700 hoy. El lugar conserva una sala para la proyección de películas. Ramón encuentra que esta semana está en cartelera una película llamada «Los 1,350 años de vida de nuestro mundo», una película elaborada en California con el patrocinio de Netflix y la Christian Broadcasting Network, en la que se hace un conteo de la edad de todas las personas que aparecen en la biblia para argumentar que ese es el tiempo de vida de la Tierra.  A la par de este anuncio, encuentra otro sobre una muestra de «Retratos de la prosperidad» ―que estará expuesta todo el primer trimestre en el lobby del edificio―, una serie de fotografías de celebraciones masivas de servicios religiosos en estadios, gimnasios y enormes teatros. Solo los ojos más acuciosos, como por ejemplo los de Ramón, que se ha acercado a las puertas de vidrio de la entrada principal para observar algunas de las fotos, logran advertir que en muchas de estas aparece, sutilmente ―orando, llorando, riendo o abrazando personas―, el Gran Pastor y los principales miembros de su gobierno.

Al ver el anuncio el viejo Ramón llora, llora sin reserva, por la censura total al arte no religioso y por los artistas que han muerto perseguidos por el Ejército de Salvación; llora por habérsele prohibido seguir siendo maestro de artes, por los niños y jóvenes que no leerán a  Otto René Castillo, Ana María Rodas, Luis De Lión, o Alaíde Foppa; por los universos que no conocerán de Efraín Recinos, Zipacná de León y Rina Lazo. Llora porque lo asfixia este mundo de absolutismos: la tradición es inamovible; los libros sagrados son infalibles y deben interpretarse literalmente; el poder público es dado por Dios a un ungido y como parte de un orden sagrado; todo aquel que no profese los principios anteriores, está en contra de ellos y de la sociedad.

Ramón llora porque hasta hace algunos años, en este día, aunque solo fuera en este día, las personas se profesaban amor y amistad: con palabras cariñosas, obsequios, tarjetas o chocolates. En aquel entonces le parecía una celebración estúpidamente capitalista, pero una excusa perfecta para el abrazo. Eso es, le faltan los abrazos de su extinta esposa, María, y las caricias que antes se prodigaban entre las personas. En esta sociedad, incluidos sus hijos y sus nietos, se desconfía de los viejos y se les desprecia por haber nacido en los «tiempos del pecado». No hay abrazos ni sonrisas para ellos.

Cuando una niña, de ocho o nueve años ―con los ojos muy obscuros y de rostro tosco y mal encarado― se detiene a observarlo, Ramón recuerda que llorar en plena calle y sin causa religiosa de por medio está prohibido. Con sus temblorosas manos se seca las lágrimas, y con una mueca que es casi una sonrisa le dice a la patoja que se ha doblado el pie. La niña lo escucha, no dice nada y sale corriendo en dirección a la estación de policía.

Ramón saca la bolsita de plástico e intenta acelerar el paso. Es casi mediodía y siente que el calor del sol le comienza a quemar la espalda, pero no se detiene para quitarse el abrigo. Se quita la gorra roja y la deja tirada en el camino. Está muy cerca del Parque Central, y sabe que no le queda mucho tiempo, así es que sin detenerse observa la mancha de cemento que substituye, en la entrada al Pasaje Rubio, la plaqueta que recordaba el vil asesinato ―el 20 de octubre de 1978― de Oliverio Castañeda, secretario de la Asociación de Estudiantes Universitarios. Ramón grita a viva voz la frase de Oliverio: «¡mientras haya pueblo, habrá revolución!», y piensa sobre cómo hemos dejado que la historia se repita. La gente que camina se voltea a ver al viejo, algunos piensan que está senil, otros que es un hereje. Las cámaras de seguridad apuntan en su dirección y, en algún lugar del Ministerio de Gobernación, comienzan a escanear su rostro para determinar quién es, mientras se genera automáticamente la alerta, a las dependencias más cercanas de policía, sobre un posible «elemento disruptivo».

Llega por fin a la Plaza, abre la bolsita de plástico y saca las migas de pan dulce, las semillas de ajonjolí y los granitos de maíz que contiene. Las pone en sus palmas y chifla para atraer a las palomas que todavía habitan el campanario en desuso de la Catedral. Vuelan a él rápidamente. Ramón siente que le besan los tibios cuencos de las manos mientras comen y ríe con tantas fuerzas como nunca antes, a pesar de saber que la risa y el darle de comer a las palomas también es pecado en estos deslucidos días.

La niña que vio antes llorar al viejo, lo señala frente al oficial de policía que la va acompañando. Ramón lo ve acercarse, le escucha preguntar en dónde lleva su biblia, cuál es su nombre, y si sabe que va contra la ley y es pecado reírse como loco y alimentar palomas. Oye también cómo el policía le grita pidiéndole su carné de crédito social. El viejo Ramón sigue sonriendo con las últimas palomas rozando sus manos. Después cae al suelo y siente que está entrando en un cuento con aroma a mar, con verano, sol y pelícanos atravesando las olas. Abraza a María, su esposa, y le sirve un ceviche de pescado con mucho limón —como a ella le gusta— y una michelada bien fría. Ella le sonríe y el mundo brilla nuevamente. Ramón ahora es un joven que corre hacia la playa y se hunde en un tibio mar de jade.

Desde todos los puntos cardinales se escucha el sonido estridente de varias radiopatrullas que anuncian su llegada al lugar. El policía mira al viejo Ramón tendido en el suelo y nota que ha dejado de respirar. Con asco le cierra los ojos e intenta, infructuosamente, cerrarle la boca y quitarle la sonrisa. Son las 11:59 del 14 de febrero de 2050, dice al público que se congrega en torno de Ramón. La causa de la muerte, agrega: el pecador murió después de ver al diablo. Roguemos por su alma.


Este cuento forma parte del tríptico “La ciudad del futuro”, del libro de cuentos, Sexta Avenida (el que todavía estoy afinando en el taller). Por favor deje sus comentarios para saber si voy por buen camino.

Imagen tomada de 1010Experiencias

 

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4 comentarios el “La ciudad del futuro

  1. Reciclaje De Palabras
    19 septiembre, 2018

    Bueeeeeena reflexión.

    Me pregunto si en realidad estamos tan lejos de ese futuro, el crédito social es cada vez más posible en países de asia y eso es preocupante. Sin mencionar nuestra tierra linda que se llena de fanátismo.

    La redacción, impecable.
    La historia, muy actual y atinada.
    La creatividad ayuda a imaginar y pensar nuestra vida común.
    Permanece la buena calidad de lo conseguido en «Bajo el mismo día».
    Me parece que el desenlace pierde un poquito de la energía y ritmo que logra la trama.
    Espero los otros dos cuentos que lo complementan, quizás el buen Ramón acá también tenga «Un nuevo comienzo» porque me quedé pensando en él y tantos que merecemos un nuevo comienzo, o una mejor partida.

    ¿Y cómo es la ilustración de la sexta?

    ¡Me disfruté el olor a la pizza!

    Le gusta a 1 persona

  2. jonathanmenkos
    3 octubre, 2018

    Muchísimas gracias por leer el pequeño cuento y por enviar sus comentarios. Vamos a trabajar un poco más el final. Veo que ha leído Bajo el mismo día, así es que me atrevo a responderle que sí, efectivamente, sin saberlo Ramón es el nuevo comienzo de muchas cosas que pasarán en los otros dos cuentos del tríptico.

    Las ilustraciones serán más o menos urban sketch. ¡Puede que esta vez necesite ayuda!

    Un gran saludo.

    Jonathan

    Le gusta a 1 persona

  3. Reciclaje De Palabras
    25 octubre, 2018

    Estimado Jonathan.

    Esperaría que no cambie nada solo porque uno de sus lectores le dijo cualquier cosa, posiblemente a alguien más le parezca muy bueno. No cambie su esencia, por favor. 🙂

    Acabo de aprender qué es un “urban sketch” 🙂

    Gracias por hacer ese esfuerzo de tantas cosas para escribirnos cosas interesantes.

    ¡Saludos!

    Le gusta a 1 persona

    • jonathanmenkos
      30 octubre, 2018

      ¡Hola!
      Muchas gracias por sus comentarios. Efectivamente, el proceso creativo obliga a tomar decisiones y caminos, pero siempre es bueno escuchar la opinión de otras personas.
      Por lo pronto sigo avanzando para tener el libro listo para edición y diagramación en diciembre. Ya veremos.
      Saludos cordiales.

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Esta entrada fue publicada en 14 septiembre, 2018 por en Sin categoría y etiquetada con , , , , , .

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