Jonathan Menkos Zeissig

+ democracia + desarrollo + igualdad

El capitalismo corrupto centroamericano

(CIUDAD DE GUATEMALA, 17ENE21). Mientras escribo esta columna, las noticias hablan de cerca de siete mil hondureños intentando entrar a Guatemala y seguir su camino hacia Estados Unidos. Las imágenes revelan lo nutrido de la caravana y también lo diverso: niñas, niños, adolescentes, bebés en brazos, hombres y mujeres en edad de trabajar y alguno que otro con canas y penas que le arrugan el rostro. Los periodistas les preguntan por qué lo hacen y las respuestas son obvias: no hay empleo, los salarios no dan para vivir, nos estamos muriendo de hambre, el gobierno corrupto no hace nada por nosotros mientras se beneficia de esta crisis y favorece a sus amigos.

Más tarde, los vídeos que circulan por los principales medios internacionales de comunicación han mostrado al deshonroso ejército guatemalteco, dándoles la cruel bienvenida del garrote y los gases lacrimógenos. A pesar de este atropello, algunos migrantes forzados —acostumbrados a las lágrimas y al sobrevivir a fuerza de empujones—, aguantan hasta que logran romper el cerco y avanzar.

 Así comienza a construirse la historia de este 2021 centroamericano, en el que algunos celebrarán 200 años de “independencia”, otros conmemorarán los 30 años del Sistema de la Integración Centroamericana, y la gran mayoría continuará bregando contra ese capitalismo corrupto que han instaurado las élites empresariales —incluidas sus alianzas con el narcotráfico y el crimen organizado— en contubernio con la mayoría de partidos políticos. Cínicos como son, Alejandro Giammattei y Juan Orlando Hernández, se regodearán también este año por los elevados flujos de remesas familiares que envían los migrantes: esos que salvan de la debacle a sus familias pero también la economía y que representan diez veces o más el flujo de inversión extranjera directa que se logra atraer a pesar del ofrecimiento de incentivos fiscales y tratos preferenciales para los inversionistas.

No es la pandemia del Covid-19, ni han sido Eta e Iota los que han sembrado la desesperación de los miles de migrantes forzados centroamericanos: es el tipo de Estado que se ha construido en los países centroamericanos el que impone a las mayorías cotidianamente hambre e incertidumbre. El capitalismo es algo corrupto en sí, como afirma Guy Standing en su libro La corrupción del capitalismo. Por qué prosperan los rentistas y el trabajo no sale a cuenta (Ediciones de Pasado y Presente, 2017). Sin embargo, hay un estilo de capitalismo, el que sufre Centroamérica, que sin ninguna sutileza se basa en la corrupción: las reglas están hechas para que los más tramposos logren el mayor éxito y ahí conviven los sinvergüenzas de cuello blanco, grandes empresarios con apellidos «de abolengo» (usurpadores de tierras desde la Colonia) o advenedizos contrabandistas, narcotraficantes, evasores de impuestos, líderes religiosos o políticos, quienes han aprendido a trasladar sus pérdidas al Estado y a sacarle más ganancias.

A los fomentadores del capitalismo corrupto se les ve luchando por el libre mercado, por desbaratar los monopolios del Estado, mientras conservan los suyos —pollo, cemento, cerveza, azúcar, televisión— capturan el poder público (ponen y quitan a sus sirvientes: presidentes, diputados,  jueces, magistrados, ministros y viceministros) para gestionar privilegios fiscales, impunidad, cuotas de poder, barreras arancelarias y no arancelarias para sus competidores. Tienen un apetito pertinaz para acabar con los recursos naturales: hidroeléctricas, minería a cielo abierto, petróleo, agua y bosques: todo se lo hartan como si no hubiera mañana.

Por medio de impugnaciones, leyes o prácticas, reducen el poder público: disminuyen los impuestos, aumentan el costo de la deuda y achican la capacidad de producir bienes y servicios públicos, con tal de abaratar sus costos y convertir la vida cotidiana en negocio. Ahí se acaban los derechos a la educación, la salud o la protección social que ellos convierten en privilegios para el que pueda pagar.

Diseñan leyes y compran jueces y magistrados —como se compran el perro que está de moda—, para que la justicia o los ajusticiadores persigan y castiguen sin tregua a los defensores de derechos humanos, a la mujer que aborta, al sindicalista que no aceptó ser parte de su juego. Quieren dar castigos ejemplares. Pagan lobistas en Estados Unidos y en Europa para montar campañas de desprestigio contra aquellos que se interponen en su camino. Compran o cofinancian conglomerados de comunicación y universidades para que desde ahí se repita a la prole su mantra, ese que Reagan y Thatcher hicieron famoso: «no hay alternativa». No satisfechos, fundan iglesias en las que se domestica a la persona, se le hace oveja, se le individualiza y se le cobra por las lecciones de  prosperidad y desigualdad social que dispone su dios, el dinero.

La migración forzada es parte del plan, pues las personas, en este capitalismo corrupto no son ciudadanos sino consumidores. Las remesas familiares se convertirán en el consumo de los productos y servicios de muchos de estos capitalistas corruptos, por lo que pueden continuar precarizando a los trabajadores (salarios bajos y sin seguros sociales ni de desempleo): mientras los desesperados huyan de esta cárcel, que es Centroamérica para los pobres, el circuito de sus ganancias está logrado.

Finalmente, cuando la violencia sube porque el pueblo se harta, entonces también reprimen. Los capitalistas corruptos financian los partidos políticos que garantizan la continuidad de este modelo y sus violencias: imposible explicar las guerras civiles, y ninguno de los gobiernos actuales de Centroamérica, sin el apoyo de los capitalistas corruptos.  Vale decir que Costa Rica tiene algunas excepciones, pero cada vez son menores.

Si las leyes de la dialéctica continúan vigentes, este estilo de opresión moderna no será para siempre ni durará otros doscientos años: las contradicciones que exacerba terminarán por causar una falla irreparable de su sistema. Lo destruirán los sin tierra, los golpeados, los hambrientos, los precarizados, los hijos de los desaparecidos, quienes tarde o temprano, sabiéndose mayoría y con conciencia de lo que es aborrecible y de la alternativa, y no pactarán nada con los políticos que despotrican contra la paz y ocultan la historia, ni con los empresarios que los explotaron, ni con los profesionales e intelectuales que cómodamente voltearon a ver a otra parte cuando a los más pobres se les humillaba. Será la verdadera celebración de independencia.

En Centroamérica, por este capitalismo corrupto, como diría Aute, «el día que se avecina, viene con hambre atrasada».


Una versión de esta columna ha sido publicada por la revista Gato Encerrado.

Imagen tomada de Prensa Latina.

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